jueves, 14 de julio de 2016

Venga, lo confieso: no le veo lo interesante a besar por  besar.

Pero reconozco que a veces también necesito que alguien me mire, me diga que me quiere y  yo sepa que es verdad, que para eso tengo los espejos.

Nunca he pensado que la necesidad emocional sea buena, ni sana.

Recuerdo que una de las últimas veces que nos quisimos te dije que eras la persona que más quería en el mundo después de mí.

Recuerdo que la última vez que me dijiste ‘te quiero’ no me lo creí, y amor, no puedo evitar decirte aunque no venga a cuento que tú no necesitas que te quiera nadie que no seas tú mismo.


Que nadie malinterprete lo que digo, soy la persona más romántica y empalagosa que conozco.

No puedo pensar en ningún momento en el que no haya creído en el amor. No lo hubo cuando lloré mares azules y ni siquiera el día que acordamos que no volvería a besar con lengua a mi mejor amigo.

Creo en el amor tanto que no pienso que pueda existir con cualquiera. Nunca he sentido el amor que quiero que exista.

Por mucho que haya escrito negando el amor, siempre ha sido a alguien en concreto.

Cielo, no creo en el amor… contigo.

Ni contigo.

Amor, contigo tampoco…

Y aunque podría decir que casi, supe desde el principio que no íbamos a ser nosotros, entiende que lo intentara de todas formas.

Una vez te escribí ‘amor, yo quería vivirte, no quedarme a vivir contigo’ y todavía no he logrado resumirnos mejor, aunque a veces lo siga intentando.



Resumirnos, no malinterpretes.

domingo, 10 de julio de 2016

Así de siempre porque de simple no tiene nada.

Siempre te escribo lo mismo, que si tu barba, tus manos, tu azul, tu duda…

Siempre te digo que no sé más, que así no se puede querer.

Siempre te hablo de la playa, los bancos, y te hago metáfora con el mar.

Siempre lo mismo, y aun así nunca sé qué va a pasar.

Siempre la misma cantidad de incertidumbre: toda.

Siempre te convierto en tinta porque quedas bien sobre el papel.

Siempre lo mismo, nunca igual.

Siempre tú.

Siempre yo.

Nunca nosotros.

Encantada, pese a todo no sé si quiero conocerte.


miércoles, 6 de julio de 2016

Hi-po-tá-ta-despedida

Ya me he mudado a ese hogar más grande en el que tú no cabes.

No lo siento, es totalmente personal, tenía que dejar sitio para mí.

El otro día recorrí el camino que siempre me llevaba a tu boca y se me olvidó parar a pensarlo.

He vuelto a ser una niña que juega con la única palabra que no sabe pronunciar.

Hi-po-tá-ta-despedida.

Y aquí estoy, saludando a todo lo que me traigo. Y trayéndome muchas cosas bonitas.

No sé si quiero recordar tus dos besos al saludarme, pero jamás me olvidaría de tu barba.

Fue un beso precioso el de despedida. No volveremos a vernos, ¿me equivoco?


Es demasiado tarde, nunca fue nuestro momento.

jueves, 30 de junio de 2016

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A veces me cuido como a una niña frágil a la que no sé cómo decirle que hay cosas ahí fuera que harán que se rompa como el cristal.
A veces me miro al espejo y me sonrío como le sonreiría a alguien que me cuenta con ilusión una historia que siento que acabará mal.
A veces entiendo que siempre me querré con todo el corazón que es mío aunque siempre lo comparta.
Estoy sangrando y esta vez no es solo tinta. Siento en mi vientre el dolor del parto de la niña que intento seguir siendo.
Quiero que acabe toda esta procrastinación de vivir, cuando lo haga me compraré flores y libros de poesía. Ansío vivirme, no quiero que nada lo entorpezca.
Quiero sentir tanto que tenga que llevar el corazón en la mano porque no me quepa en el pecho.
Quiero no hacerme nunca más daño, que no es lo mismo que dejar de meter el dedo en la herida.
Me pinto corazones en las cicatrices porque el amor lo cura todo pero te deja marcado.
Quiero escribir todas mis contradicciones. Quiero aceptar que a menudo escribo cosas bonitas a personas que no lo son tanto y entender que no pasa nada por sentir lo que siento.
Quiero mostrarme con las alas abiertas y sentirme un pájaro y no una diana. Quiero volar y volver al nido.
Quiero ser todas las niñas que he sido y todas las que me quedan por ser.

Nunca he sabido superar una pérdida, por mucho que haya ganado luego.
Lo mires como lo mires, hay personas que son una ganancia demasiado grande como para dejarlas escapar.
Ojalá nunca te deje escapar, no me lo perdonaría.
No me lo perdonaría porque eres la única persona que cuando ve un cartel en la puerta de un bar que dice ‘deje su perro aquí’ piensa que es porque lo van a cuidar.  No me lo perdonaría porque ves el mundo así, de esa manera que hace pensar que quedan más cosas buenas que malas y que el mundo es de colores y no de una aburrida gama de grises.
No me lo perdonaría porque tienes esa sonrisa en la carita que hace que yo sonría incluso cuando pienso que todo está mal.
Que se te da bien hasta reñirme, ¿qué más puedo decirte? Si a mí lo que de verdad me gustaría es que te vieses como el arcoíris que eres, como un solecito que puede alumbrar y dar calor incluso sin ni siquiera intentarlo.
Puede que te haya dado mil abrazos de despedida, pero me alegra pensar que aún me quedan muchísimos más que darte cuando vuelvas. Pensar que seguiremos viendo ‘Ladybug’ porque hay que ser un adulto muy serio para no ver dibujitos, y nosotras siempre nos reiremos.
Pienso en esa  canción que dice ‘you’ll always find your way back home’, y me entran ganas de que vuelvas.
Y es que hogar es un lugar en el que tú y yo hablamos durante horas, que lo importante de los sitios son las personas y yo siempre me he referido a este piso como ‘casa’ (no en el sentido de ‘edificio’ sino de ‘hogar’).
Podría rellenar mil folios hablando de ti.

Gracias por darme un hogar, mucho más por serlo.

viernes, 24 de junio de 2016

Un poquito de casi todo.

No sé qué podría hacer si soy una máquina de pensar en lo que siento.

No voy a decir que lo siento por pensar lo que pienso. Siento todo lo que pienso, pero no así.

Soy una oda a la melancolía. Escribo a un ritmo que no soy capaz de seguir, me da miedo volver a perderme.

Escribo lo que podría sentir por personas a las que no siento, me niego a sentirte, tampoco sabría cómo hacerlo.

El otro día, un desconocido me pidió fidelidad y entendí que hay cosas que hay que dar sin que las pidan, y yo no quería darle nada. Llevábamos algunas horas hablando cuando pensó que  ya tenía algún derecho y como no me conocía, no sabía lo mucho que odio que me impongan deberes.

Últimamente escribo más de la cuenta, tengo muchas cosas que hacer y no quiero que nadie me hable de despedidas.

Querría decirte adiós en todos los idiomas. Querría que no vinieras a despedirte, ya nos hemos hecho más que suficiente daño. Creo que hay cosas que no podríamos perdonarnos.

He vuelto a besar callejones sin salida, me gusta que todos los caminos me lleven a mí, y es que, cielo, no hay ninguna posibilidad de que volvamos a casa en tu coche.

Sé que volveré pero no quiero irme, incluso todo este calor merece la pena por estar con personas que nunca dejan que sientas frío.

Este año he descubierto (me han enseñado) que alguien que te quiere siempre te dice cosas que no quieres escuchar simplemente porque deberías saberlas, que aguanta tu mala cara y tus contestaciones entonces pero sigue diciendo lo que dice porque lo piensa, y a ti te siente.

No sabría cómo agradecerles la cantidad de veces que me han abierto los ojos.

Este año he llegado a la conclusión de que el amor es egoísta, y lo descubrí con la amistad.

Este año he escrito sobre saludos y despedidas.

He escrito sobre amor, vicio y literatura.


Este año me he escrito mucho. No quiero dejar de conocerme.

miércoles, 22 de junio de 2016

A Neruda he venido a hablarle de Primavera.

Yo le escribí ‘Primavera’ a alguien que nunca me trajo flores, un día me dio unas hojas y me dijo que así era mejor. Menos mal que nunca me dio semillas porque jamás hubiésemos conseguido hacer crecer nada juntos, y qué culpa tienen las flores.

Lo llamé primavera porque consiguió que hiciese calor un invierno en el que pasé mucho frío, el problema es que si seguimos con la metáfora  llegará un punto en el que diré que él no había florecido, y no era mi intención llamarlo capullo.

Él era un niño inseguro y azul lleno de dudas, y yo quería amarlo porque creía tener la certeza de que algún día sería la suya, de que algún día vendría a tiempo y me diría que sabía que yo, que no tenía ni idea del resto, pero a mí me veía clara.

Así que me colgué de su espalda y tuvimos una casa a la que nunca pudimos llamar ‘hogar’, nos pasamos tardes enteras en el parque jugando a que nos queríamos e hice de su barba mi lugar favorito.

Un día el mar nos vio querernos y no dejé de ser una niña para hacerme mayor.

Un día no lo había visto desde aquel banco y le dije que ya no quería verlo más.


Vinieron después muchos días en los que deseé volver, vinieron incluso más en los que me alegré de no haberlo hecho.